Forjadores de Futuro: Reflexiones en el Día del Profesor Universitario en Venezuela

Hoy, como cada 5 de diciembre, celebramos el Día del Profesor Universitario en Venezuela. Y digo "celebramos" con una mezcla de orgullo y resignación, porque si bien la docencia es una de las labores más nobles que existen, no siempre se siente como una fiesta. Este día es también un momento para reflexionar profundamente sobre lo que significa ser profesor en un país donde enseñar se ha convertido, muchas veces, en un acto de resistencia.

Es inevitable recordar las palabras de Simón Bolívar, quien dijo: “Las naciones marchan hacia el término de su grandeza a la misma velocidad que avanza su educación”. Cada vez que pienso en esa frase, me pregunto: ¿cómo avanzamos, entonces, cuando las universidades sobreviven con recursos mínimos y cuando quienes enseñamos lo hacemos muchas veces con condiciones no adecuadas? ¿Estamos frenados en el camino hacia la grandeza o simplemente resistiendo, esperando que llegue un impulso renovador?

No puedo negar que hay días en los que esta profesión pesa. Cuando un estudiante deja de asistir porque no puede pagar el transporte, cuando la conexión a internet falla y se hace imposible dar clases, cuando miro a colegas que han emigrado porque aquí ya no les alcanza para lo básico. Y, aun así, seguimos. Seguimos porque creemos, porque sabemos que no hay otra vía posible para construir un mejor país que no sea a través de la educación.

Bolívar también dijo: “El objeto más noble que puede ocupar al ser humano es ilustrar a sus semejantes”. Esa frase me reconforta. Me hace recordar que nuestra labor trasciende lo inmediato. No enseñamos solo para aprobar exámenes o cumplir programas; enseñamos para formar ciudadanos, para encender pequeñas llamas en las mentes de quienes serán los protagonistas de un mañana que, aunque incierto, debe ser mejor.

Pero, ¿y qué hay de nosotros, los profesores? Este oficio noble a menudo se siente como un sacrificio. Los salarios son insuficientes y la falta de reconocimiento hace mella en la voluntad. Nos enfrentamos al desafío diario de ser creativos, de reinventarnos, de mantener viva la vocación incluso cuando las circunstancias parecen jugar en nuestra contra. Es agotador, pero también profundamente esperanzador.

Porque, a pesar de todo, creo en un futuro distinto. Creo en una Venezuela donde se valore la docencia como lo que es: la piedra angular de cualquier sociedad que aspire al progreso. Creo en un sistema educativo que dignifique a los profesores, que nos permita ejercer con las herramientas adecuadas, con salarios justos, con el respeto que merecemos. Y sí, creo en los estudiantes que, a pesar de las dificultades, siguen sentándose en las aulas, físicas o virtuales, para aprender, para soñar con un futuro mejor.

Hoy celebro más que con euforia, con convicción. La convicción de que estamos sembrando algo importante, algo que tal vez no veamos germinar completamente, pero que sabemos tendrá frutos. Somos forjadores de futuro. Y aunque el presente sea complejo y a veces desgastante, también estoy seguro de que, algún día, nuestra labor será reconocida como el pilar que siempre ha sido.

Mientras tanto, seguimos enseñando. Seguimos creyendo. Porque si algo sé, es que la educación no es solo nuestra tarea, es nuestra esperanza.

 

Jacksson  Álvarez


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